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jueves, 13 de enero de 2011

El sofá. Cuento de Navidad

Entre la concurrencia y el guirigay, con los presentes hablando entre sí, todos a la vez y por un casual, descubrí su espalda a medio esconder tras el tumulto. En seguida, fijé la atención en ella, tenía el cabello negro, con un corte sencillo que dejaba ver en todo su esplendor un cuello proporcionado, elegante y pálido. Estaba  sentada en un viejo sofá, cruzaba las piernas elegantemente, recogiendo en ellas sus manos pequeñas y delicadas, coronadas ambas dos en su corazón, con alianzas de plata. Se agitaba con gestos coquetos y ademanes educados, sonreía siempre, con una sonrisa gruesa, descomunal, que desplegaba unos labios en una curva imposible e insoportablemente irresistible. La observaba yo con disimulo , casi en clandestinidad: Ella sacó una pitillera de charol rojo a juego con los zapatos y su carmín , se sirvió un cigarrillo que encendió en un indescriptible y magnífico hinchado de pecho. Un olor intenso y dulzón lo impregno todo, el humo denso planeaba sobre su rostro , con cada bocanada, dejaba un rastro en suspensión que a mi , me parecían llamaradas, entonces me quemé. Con un ligero quiebro de cabeza, me apuntó con sus pupilas negras, bebió despacio un largo trago de gintonic, sin dejar de sonreír se besó la mano izquierda, delicadamente, despacio. El aire que  sopló después , llegó a mi hecho tornado, yo me dejé arrastrar en mil vueltas de campana, ascendí al cielo y cuando bajé, tenía una deseo incontrolable de amarla y un tremendo temblor de estómago.  Me miró otra vez, se levantó y sin perder la sonrisa y los gestos coquetos salió del local, yo quedé inmóvil,  abducido, no pude hacer funcionar ni un solo músculo . Desde entonces, todas las noches de Navidad, acudo a aquel local  y me siento en el viejo sofá, ella, nunca más volvió por allí.
Á.S.

viernes, 7 de enero de 2011

La bolsa

A través del plástico, se ven sus ojos abiertos llenos de lágrimas y pánico, un pánico que marca el rostro con muecas ridículas, el sudor empapa su cuerpo, la respiración no es tal, más bien, crujir de aire que se  atraganta en los pulmones, una convulsión. Comienza a toser con una tos ronca,  secos golpes primero y después, como si el pecho le fuese a reventar, los brazos hacia atrás descoyuntados, las manos amoratadas, las venas hinchadas oscurecen ligeramente, él, sigue sin hablar solo gime... El jadeo se vuelve  agónico en un ritmo descontrolado, que te pone los pelos de punta, un náusea interminable precede al silencio. De repente algo en la habitación se mueve, encienden una luz, el reloj de la pared marca las 14:30.

-- Bueno este ya está, el cabrón no dio para más.

De un Tirón le arrancan la bolsa de la cabeza, que cae hacia delante como un trapo.
--Vamos a comer, se hace tarde.
Á.S.